Una historia sevillana.

Este post que hoy os traigo se forjó hace ya muchos meses. No estaba escrito, pero si que estaba ideado y pensado. Ahora que muchas cosas han cambiado, mi yo interno ha pensado que era hora de escribirlo. Esta historia es real, como fue la que hace unos meses os conté sobre el mejor fin de semana de mi vida (más información aquí).

El día en Sevilla estaba siendo intenso. Es lo que tiene no tener ni un solo minuto para descansar. Llegué a las doce del mediodía, fui al hotel, me  acredité en el congreso y me fui al centro de la ciudad por un compromiso que tenía en una administración pública. Tras acabar éste, comí por el corazón de Sevilla y volví al hotel donde sólo tuve tiempo para tomarme una ducha, cambiarme de ropa y bajar a la inauguración del evento.

Estaba nervioso por muchos factores. Para empezar, a mí los viajes siempre me dejan algo inquieto. Por otro lado, en 24 horas organizaba junto a 3 amigos más una fiesta que pretendía ser un éxito para más de 200 personas. También hay que señalar que en este evento, el EBE o evento Blog España iba a coincidir con muchos conocidos y conocidas, y más de un caso iba a ser la primera vez que iba a estar con ellos físicamente. Pero lo que más inquietud me producía era un encuentro que iba a darse a última hora de la tarde. Era el mejor secreto guardado sobre mí. Llevaba un par de semanas preparando aquello, y nadie o apenas un par de personas sabían de la existencia de aquel plan. Iba a recibir la visita de una persona, una mujer que nunca estuvo en el evento, pero que si estuvo en Sevilla.

Era una cita especial. Estaba cargada de muchos factores que la hacían muy interesante. Tenía su punto romántico, su punto tierno… y una gran carga de pasión. No os engañaré, tanto a mí como a la otra persona nos llamaba esto último. Teníamos ganas de saciar ese pecado carnal y ambos habíamos encontrado en el otro nuestra perdición.  Todo era tan especial que por ello me encontraba nervioso. Eran las 5 de la tarde y en apenas 3 horas yo me perdería con alguien a conocer el lado más bonito de esta vida.

Y el tiempo pasó lentamente, y yo no paraba de mirar mi reloj. A falta de una hora para que se diese aquel encuentro, recibí un mensaje de ella diciendo que se iba a retrasar al menos una hora y media. Debía viajar hasta Sevilla, y apenas había salido de su punto de partida, lo que supuso añadirle un puntito más a mi inquietud. Quienes estuvieron conmigo en aquella tarde comprobaron que no podía estar quieto. Iba y venía por el congreso, era mi forma de intentar relajarme antes de una noche que pintaba interesante. Finalmente subí a mi habitación y decidí cambiarme de nuevo de ropa. También volví a ducharme para intentar relajarme un poco y así matar el tiempo.

Ella me mando un mensaje diciendo que ya estaba frente al hotel. Efectivamente, la encontré apoyada a su coche. Casi no supe reaccionar, no sabía si besarla, abrazarla o sencillamente decir “Hola”. Al final, y tras un fuerte abrazo le dije si quería que fuésemos a cenar. Ella dijo que si y nos acercamos a Triana.

No olvidaré aquella cena en aquel bar tan tipical spanish. Hablamos de nuestras cosas, y ella en un lance me preguntó que si iba a poder decir y hacer todas esas cosas que nos habíamos prometido. Os preguntaréis por aquellas promesas, pero no seré yo quien os hable de ellas. Si os sirve de consuelo, os diré que había promesas de muchas clases, incluso pasionales, si. Yo asentí la cabeza y le dije que si, y ella siguió cenando. Pagamos y salimos rumbo al parking donde habíamos dejado su coche. Nos sentamos, me clavó una mirada y supe que era el momento de reaccionar. El primer beso con alguien suele ser algo complejo, más en situaciones como aquella en la que se habían dicho muchas cosas previamente. Tras ver que nuestras miradas se clavaban en el otro, yo reaccioné y acabé dando el primer paso. He de decir que fue bonito, más de lo que me esperaba. Arrancó el coche y fuimos al hotel con cierto clima de tensión.

Yo subí primero, y algunos minutos después subió ella. Guardamos aquel encuentro con la mayor discreción posible. Ya en la habitación, mis nervios volvieron a demostrarse con conversaciones estúpidas. Gracias al cielo, ella supo llevar el control de la situación, y supo guiarme hasta donde debía. Unos minutos más tarde nos perdimos en una espiral de ternura para acabar en el mar de sabanas que era la cama.

Nos perdíamos y nos volvíamos a encontrar, así durante horas y horas. Y a medida que la pasión subía, la ternura se iba alejando para dejar paso a juegos para adultos. Era lógico, éramos dos adultos con ganas de jugar con cuerpos ajenos. Y pasó el tiempo, y cuando nos dimos una tregua…

Abrí los ojos y miré durante un minuto al techo. Bajé la mirada y vi que a mi izquierda la luz indicaba que ya había amanecido.  Giré mi cabeza y me encontré a una hermosa chica con su espalda desnuda. No me pilló de sorpresa puesto que recordaba cada instante de la noche anterior, pero si que fue algo que no sé, causó cierta sensación interna en mí. No tardó mucho en despertarse, y tras esto volvimos a empezar una batalla bajo las sabanas no sin antes intentar la paz con la palabra. Nos dijimos cosas bonitas, pero acabamos en la lucha cuerpo a cuerpo. Que os voy a contar que ya no sepáis…

A eso de las 2 de la tarde, ella me dijo adiós. Su vida le esperaba, y yo debía volver a la mía. Como vino, se fue, cada uno por su esquina. Yo no pude evitar bajar a despedirla. Aquella mañana llovía en Sevilla, y recuerdo mojarme hasta llegar a su coche. Tras hablar unos minutos y un último beso, salí de aquel coche rumbo al hotel. No sé si existe el paraíso, aunque si que sé que durante unas horas yo estuve en mi cielo particular. No era amor, ni era pasión, simplemente fue disfrutar el uno del otro. Disfrutar como si no hubiese mañana, como si nada existiese más que las ganas de estar el uno junto al otro. Ahora todo aquello queda lejano. Las cosas han cambiado y bueno, se ven desde otra perspectiva. ¿Repetir aquello? Siempre y cuando se tome como por aquel entonces, claro. Me fui a comer con una de mis mejores amigas para comentarle lo sucedido. Ella detectó que mi cara tenía cierta Áurea de felicidad. Yo no podía evitarlo, la verdad. Finalmente, el día lo rematé con la mejor fiesta en la que jamás haya estado, pero eso es una historia que algún día puede que cuente, por hoy estáis servidos.

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