Diario de un píxel
El blog personal de @pixelillo

Ansiedad

Llevo mucho tiempo queriendo escribir estas líneas, pero lo cierto es que no es fácil hablar de los problemas de uno mismo. Si me sigues en redes sociales, habrás notado que llevo un tiempo compartiendo mi malestar. Mi salud mental siempre ha sido delicada, pero en este último año y medio largo de pandemia ha terminado por desestabilizarse. Estas últimas semanas estoy notando como mi integridad mental, llena de grietas y con múltiples golpes sufre un terremoto tras otro. Hoy, 20 de octubre de 2021, escribo estas líneas porque necesito compartirlo con alguien. No sé muy bien por qué, pero llevo un par de horas con ganas de llorar, cargándome de una palabra que me empieza a cansar: ansiedad.

Hace tiempo dije a una persona que llevaba demasiado tiempo sobreviviendo, y necesito vivir la vida. La felicidad es un término que no recuerdo especialmente en los últimos meses, y eso es algo muy duro. Las últimas vacaciones son quizás el último suspiro de frescura real desde hace mucho, mucho tiempo. Con el regreso a mi casa empezaron a presentarse viejos fantasmas que intento desterrar de mi cabeza. Mi psicóloga me dice que son partes de mi personalidad, protectores o defensores que quizás tenga que educar, pero para mí son gladiadores que buscan el cuerpo a cuerpo.

Estos fantasmas vienen a ser pensamientos que, de una u otra forma, han hecho que sea alguien que en el fondo no quiero ser. No quiero ser el Alberto que tiene miedo de cualquier persona, que se siente vulnerable o que no sabe gestionar sus sentimientos amorosos. Me duele ahogarme en miedos como la soledad, una compañera inseparable desde bien crío. Quiero ser como mucha gente de mi entorno, quiero sonreír y que cuando me pregunten “¿Qué tal estás?” pueda responder un “Bien” que realmente me crea.

Mis problemas de salud mental siempre habían estado ahí, en un segundo plano. En julio de 2020 decidí que era hora de pasar a la acción. Me armé de valor y abrí mi corazón a una profesional que, desde entonces, me ayuda a entenderme. Creí que mi problema era una cosa, pero con el tiempo me ha hecho ver que el problema está dentro de mí.

Y por desgracia es algo que está muy profundo. Siento que me toca remar a contracorriente y como dice la canción de Berri Txarrak, aprender a desaprender lo aprendido. Situaciones vividas hace muchos años han formado unas defensas y mecanismos protectores que son realmente peligrosos. Son éstos los que siento que no me dejan seguir avanzando, pero por suerte he dado un paso importante.

Puede que hoy esté jodido, pero al menos conozco a mis enemigos. De la misma forma que aprendí a atarme los cordones de las zapatillas, ahora he de hacer rutina de una serie de pensamientos. Saber que caeré una y mil veces, pero podré levantarme y plantarle cara a los retos que vengan.

Ayer exploté. Sentí una caída hasta lo más profundo de mis adentros. Sufrí un ataque de ansiedad, lloré en un baño y me repetí “No estás solo, Alberto. Todo va a salir bien. Eres bueno”. Necesitaba soltar lastre y contar cómo me sentía, y lo hice en mi estilo habitual de lanzarlo a base de tuits. Dicen que la gente solo comparte su felicidad en redes sociales. Será que no me siguen.

Las horas me estabilizaron pero hoy sigo sufriendo las réplicas de ese terremoto. Ahora mismo he sustituido a la ansiedad por el miedo, que no sé qué es peor. Miedo a que mañana vuelva a tener que meterme en un cuarto de baño, a necesitar hablar con alguien porque me aprietan los pensamientos. Pero llevo ya un buen rato repitiendo el mantra de ayer.

Escribo estas líneas como una pequeña liberación de mis pensamientos. No busco compasión, tampoco llegar al corazón de nadie. Estas palabras solo buscan desahogo, mi forma de abrazarme y decirme te quiero, eres bueno, Alberto. ¿Sabes? hace tiempo que no doy un abrazo, y eso que es una de las cosas que más me gustan en esta vida. Puta pandemia…

Gracias por leerme, por las muestras de cariño que he recibido en estas últimas 24 horas. Vuestro afecto me arropa y me emociona, y admito que ayer me hicisteis llorar porque me volví a sentir querido. Os prometo que sigo y seguiré remando hasta que no me queden fuerzas en esta vida. Ojalá más pronto que tarde os pueda escribir de temas más amables.