Día 22

Es curioso, pero hasta le he cogido gusto a estos fines de semana enclaustrado. He generado una especie de rutina que me hace no tener apenas tiempo para que mi otro yo, ese que vive dentro de mí y me putea (con perdón) haga de las suyas. Me levanto tarde, a eso de las once pasadas de la mañana y tras hacer alguna tarea del hogar veo alguna serie o me pongo a jugar a algo.

Después de la comida, bajo a la terraza si el tiempo lo permite y observo mis macetas. He comprobado que empiezan a salir los primeros brotes de mi huerto particular. Mas o menos a media tarde me pongo a darle caña a mi cuerpo a base de bicicleta estática, cinta de correr y un juego de mancuernas. Mis amigos me esperan a última hora para tomar una cerveza, cada uno desde su rincón y algo más tarde llega la tertulia de videojuegos. Álvaro y yo nos pasamos dos horas contando batallitas y nos lo pasamos genial. Los domingos es algo parecido, pero añado labores de limpieza del hogar. Tras una buena sesión de aspirador y fregona mi casa vuelve a oler bien.

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Hoy he vuelto a mantener una conversación físicamente con una persona. Fue con mi vecino Gede, un chavalín de apenas 15 años. De origen congoleño, me he enterado que vino siendo un mocoso a Europa, y que tras un primer paso por Bruselas acabó aquí, en Vitoria. Cuando se enteró que tenía buena mano con la fotografía me pidió que le hiciese fotos, y cada dos o tres meses le regalo una sesión junto a algunos amigos. Durante ese rato sé que no se meterán en líos y se sentirán los más importantes del barrio.

Es curioso, pero al acabar la charla me he dado cuenta de lo mucho que echo de menos la interacción social física. Ver a mis compañeros de trabajo, a mis amigos o a cualquier miembro de mi familia. No ha sido un momento triste, más bien todo lo contrario. Me ha servido para valorarlo mejor y saber lo afortunado que he sido y seré cuando esto vuelva a la normalidad. ¿Cuándo? Buena pregunta.

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No quiero decirlo en alto, pero parece que poco a poco vemos la luz al final del tunel. Todo indica que en unos días podremos volver a trabajar en la oficina, y que a partir de ahí comenzará un camino muy pausado hasta la normalidad, si es que podemos llegar a eso.

Ayer en mi entorno se generó cierta ilusión porque parecía que todo estaba acabando, pero yo no me quise sumar a esa sensación. Como dije en su momento, me tomo esto como una pena de prisión, y seré feliz el día que alguien me diga «Eh, ya puedes salir». Mientras tanto prefiero seguir en esta rutina que he creado.

No llega a ser un síndrome de Estocolmo, pero me he acomodado a esta situación. Es cierto que me encantaría salir a la calle con mis cámaras, o darme un paseo por un parque, pero entiendo que no es posible y he intentado rodearme de las mayores comodidades posibles. Aunque con cierta soledad, el confinamiento está siendo agradable, o al menos no tan doloroso como me imaginaba al principio. Creo que mi mejor aliado ha sido el optimismo.

Voy a ver si descanso la mente con una película de Disney. Mañana os cuento mi arranque de semana.