Envidia a los yanquis

Esta pasada madrugada se celebró la 51ª edición de la Super Bowl, la gran final del fútbol americano. Los New England Patriots se llevaron el trofeo a Massachusetts a costa de unos Atlanta Falcons que dejaron escapar una diferencia de 25 puntos. Pero más allá del resultado final y del espectáculo deportivo, la Super Bowl volvió a ser un show polifacético que cada día se hace más grande. Los ya famosos anuncios del descanso o el show de Lady Gaga son dos de los múltiples elementos que trae consigo esta cita deportiva. Una cita que envidio en muchos sentidos y que me apena no poder vivir en mi tierra.

Poco a poco, la Super Bowl se ha convertido en un fenómeno mundial. Cientos de millones de espectadores la vimos en directo. Muchos de ellos en Estados Unidos, la cuna de este deporte. Allí, el famoso Súper Tazón sirve como excusa para hacer reuniones familiares o de amigos. Más allá de si eres o no fan de alguno de los equipos, la Super Bowl es una excusa para juntarse y comer, beber y pasárselo bien en compañía de gente conocida. Intento imaginarme eso en Europa y se me hace imposible. En parte por nuestro sentimiento de aficionado medio, que genera múltiples rechazos a cualquier equipo que no sea el nuestro. Da la sensación de querer disfrutar del deporte, más allá de los colores de cada uno.

Claro que estamos hablando de otra mentalidad. Nos guste más o menos, el fútbol americano es difícilmente comparable a nuestro deporte Rey. Ambos tienen una edad similar, habiendo disputado sus primeras competiciones oficiales en la década de 1860. Sin embargo, el camino seguido por cada uno es diferente. La mentalidad americana ha querido explotar su deporte hasta convertirlo en algo más que un sentimiento de comunidad. Hoy es un espectáculo deportivo que utiliza cualquier herramienta para mejorar y ser más atractivo. De ahí que llevemos décadas disfrutando de los shows del descanso o de los anuncios con precios millonarios. Han buscado que sea algo esperado por cualquier miembro de la casa, le guste más o menos el deporte.

También está claro que la tecnología y la visión hacia el futuro ha estado presente en las últimas décadas del fútbol americano. Hoy, un arbitro de este deporte se dirige a todo el estadio con cada una de sus acciones. Tras pitar y acordar la penalización con sus compañeros, el arbitro principal pulsa un botón y el micro lleva su explicación tanto a los asistentes al estadio como a todos los televidentes. Cada equipo tiene la posibilidad de pedir la revisión de una jugada conflictiva, la cual puede será examinada con las imágenes grabadas. Se pierden polémicas, pero se gana un deporte más justo y limpio. En América no vemos a los jugadores taparse la boca para hablar. Todos saben que dicen auténticas barbaridades. Sencillamente, los medios no buscan polémicas para que el público se escandalice. El trash talking es casi un recurso más del deporte.

Intento imaginarme todo eso en una final de fútbol y me echo a reír (ojo, por no llorar). El fútbol sigue teniendo a debate las nuevas tecnologías. Más de una vaca sagrada de este deporte ve en la tecnología unas brujas que sólo buscan dañar el deporte y de las que hay que tomar medidas drásticas para que no se tengan en cuenta. «Para qué tocar algo que ya funciona bien» dicen. Para que funcione mejor, les respondería. Incluso se me hace complicado el imaginarme montar un cambalache como es el show del descanso en mitad de una Champions. Los jugadores de fútbol americano se pasan cerca de media hora en el vestuario debido a ese montaje. 30 minutos en los que no hay deporte. Me imagino plantearles esta acción a las ya mencionadas vacas sagradas y sus defensores y me echo a temblar. Seguramente el argumento principal caería en la pérdida de espectáculo y ritmo, y que en definitiva, haría perder la calidad del encuentro. Anoche vivimos una de las mejores finales de la historia. Uno de los mejores espectáculos vividos en este deporte centenario. Y todo ello con challenges, shows, anuncios, árbitros con micrófono y demás «tonterías» para algunos.

Me apena que esto no ocurra en nuestro deporte Rey.  El baloncesto progresa adecuadamente, y hay que reconocer que la fase final de la Copa del Rey es toda una fiesta de este deporte. 8 aficiones conviviendo y disfrutando de su deporte en una misma ciudad. Una locura si se compara con otros deportes. Será que nuestra forma de vivir no cuadra con la de los americanos. O que debemos abrir la mente, o no, qué se yo. El caso es que tengo envidia de los yanquis. Y creo que con razón.