Walk (on the wild side?)

La vida me ha enseñado muchas cosas. Algunas son lecciones maestras, mientras que otras hacen que lo malo sea menos malo. Hace tiempo aprendí a escaparme de mi entorno, alejarme unos kilómetros y respirar otro aire para luego volver y hacer frente a lo que sea. Hay que saber desconectar, recargar pilas. Hay quien se permite el lujo de viajar en avión y otros agarramos un billete de ida y vuelta a Bilbao y nos buscamos la vida.

Desde hace unos meses, me encanta evadirme en Bilbao. Me subo al autobús y desconecto de cualquier problema o situación estresante. Me centro en la película que seleccioné y metí en el móvil y paso de todo hasta llegar al Termibus. A partir de ahí, un paseo por la orilla de la ría, o viendo tiendas del centro y del casco viejo, unas fotos y un tentenpié para volver a Vitoria a última hora de la tarde-noche. Apenas una tarde a menos de 70 kilómetros de casa me sirven para ser feliz. Fácil, rápido y sencillo, como deberían ser las cosas.

A quién pretendo engañar, hay gato encerrado. O mejor dicho, hay persona encerrada. Una chica que me ha enseñado que no hay mejor regalo en esta vida que compartir el tiempo. Os conozco como si os hubiese parido, y sé que ahora estáis con el runrún. No pienso centrarme en eso, más que nada porque no hay nada que comentar. Bueno, el caso es que esta compañera de paseos se presentó en mi vida por pura casualidad, y ya sabéis lo mucho que me gustan las casualidades.

Nos conocimos un lunes de agosto de hace un año. La primera vez que la vi, sólo se me ocurre decirle un «Vaya, eres alta». ¿Puedes empezar una relación con una persona de una forma más… rara? posiblemente, pero a mí me salió así, del alma. Nos dimos un paseo, le expliqué algunas cosillas sobre fotografía y dos horas después, sabía que debía tener un papel en mi vida. No sé por qué, pero debía tenerlo. Y se fue, pero volvió, y pudimos volver a quedar otra vez, y otra, y otra. A veces, es ella la que decide desconectar (aunque no lo necesite o no lo vea así) y venirse a mi ciudad. Casi siempre hacemos lo mismo, caminamos, comemos y hacemos tonterías. Ella me lanza miradas asesinas y yo le intento hacer reír. Y todo va bien, sin problemas, durante unas horas. Aunque me parece que el karma nos la tiene jurada, ya que casi siempre que quedamos, llueve. Este fin de semana hay una nueva visita y mira, todo pinta a nubarrones. Pero tampoco es nada grave. Vamos, no tiene pinta, ¿verdad?

Sin quererlo, me ha enseñado, o recordado, que se yo, que lo mejor de la vida son los pequeños momentos, y que la mejor gente de tu vida es aquella que es capaz de compartir su tiempo contigo. No se si hablo por cariño, por amor, amistad o porque el de arriba, sea nuestro Señor o mi vecino, pero me gusta desconectar con ella. Soy feliz, y pese a que ya lo sabe, me apetecía escribirlo. Y le había prometido un post, todo sea dicho. Pero esto no debería haberlo dicho. Hay quien sabe decirle te quiero a la gente y otros nos dedicamos a jugar con las palabras. El caso es escribir.

En fin, me gusta Bilbao. Y pasear. Y la gente como ella.