¡No es una ofensa, imbécil!

Raro es el día que me voy a la cama sin haberme sentido obligado a decir: «nos hemos vuelto gilipollas». Mi esperanza hacia esta sociedad es cada día menor, y lo es en parte por hechos como los que hoy traigo al blog. Llevo un buen tiempo pensando que nuestros límites de la ofensa han aumentado considerablemente en los últimos años. Casi todos los días amanecemos con alguna «polémica» (agárrese ésta con pinzas) que resulta ofensiva para algún sector de la población, asociación, grupo o lo que sea. Hoy le tocaba a José Mota, que ofendió en su programa a los enfermos terminales.

Al poco rato, leo en La Gaceta, un maravilloso medio independiente (que no independentista) e imparcial, que hay quienes se sintieron ofendidos porque la semana pasada en Ochéntame sonó Sarri, Sarri. Para quien no lo sepa, esta canción de Kortatu habla de cómo dos presos de ETA se escaparon de la prisión de Martutene en los años 80. Un hit ochentero en euskera que triunfó en media España y parte del extranjero. Parece ser que hoy alguien ha tenido que ir a terapia para sobreponerse del sock musical.

Estos ejemplos y muchos más me indican que, o antes éramos unos grandísimos desgraciados, o ahora nos ofendemos hasta con los pedos del vecino de enfrente. Hemos llegado a un punto en el que cualquier día llega el alcalde de Lepe y monta una denuncia a media España por los chistes que atentan contra la imagen de su pueblo.

Hay una diferencia notable entre aquello que nos incomoda, que nos pica o nos jode y lo que realmente genera odio, imparte una creencia falsa o es realmente hiriente. Algunas de las denuncias públicas sobre ofensas tienen un punto tan absurdo que, el día menos esperado, alguien denunciará a la santa Iglesia Católica por publicidad engañosa. «¡No pueden asegurar que haya vida más allá que ésta! ¡Que me devuelvan mi fe y mi dinero!».

La sensación que tengo es la de vivir en una sociedad que afirma ser seria y madura, y que por lo tanto, va a gestionar todo por lógica literal. Una sociedad tan progresista que, de tantas ofensas, acabará convirtiéndose en aquello que no quiere. No podemos vivir en el mundo de las disculpas constantes, ni de los avisos constantes por miedo a la ofensa o a herir los sentimientos. No podemos salir de casa con el culo prieto por si viene alguien por detrás y nos mete una patada.No podemos vivir con esta tensión porque no es sano. Aprendamos a reirnos de nosotros mismos, a entender que hay cosas que no nos gustan, pero que merecen vivir o existir. La palabra clave es respeto, y sin éste, estamos jodidos.

Menos ofensas, por el amor de Dios. O de Buda. O de Alá. O del que os salga la punta de los huevos, ovarios o lo que sea. De vez en cuando hay que ser políticamente incorrecto y mearse fuera del tiesto, joder.