La enfermedad de Isabel

Permitidme que hoy os hable de mi abuela materna. Se llamaba Isabel y durante muchos años vivió en mi casa. Pero esta historia no empieza en mi hogar, sino en un pueblo costero de Alicante. Hablamos del verano de 1991. Buena parte de mi familia se fue a veranear a Calpe. Mi abuela nos acompañó y disfruto de unas bonitas vacaciones. Durante su estancia, notamos algo extraño en su comportamiento. Estaba algo descolocada y decía alguna cosa sin sentido. “Serán chocheos de la edad”, nos decíamos.

Al volver a Vitoria, esos chocheos fueron creciendo poco a poco hasta que un día Isabel se perdió en la calle. Unas horas más tarde la localizamos desorientada. A partir de aquí vimos que la cosa era seria y decidimos acudir al médico de turno. Las pruebas nos confirmaron algo que nos olíamos: mi abuela padecía la enfermedad de Alzheimer.

Poco a poco, mi abuela iba olvidando cosas. Primero, pequeños detalles del día a día; después, vinieron los nombres, las personas, su familia. Durante casi una década, mi abuela fue perdiendo la memoria hasta convertirse en una mujer que parecía vivir en otro mundo. Quizás en un tiempo pasado, pero desde luego no en el nuestro. de esos años, recuerdo cómo mi mente infantil reflexionaba sobre cómo podía ayudar a mi abuela a que no fuese perdiendo el control de sus recuerdos. Mi lógica era simple, si yo estoy aprendiendo cosas día tras día en la escuela porque alguien me enseña, quizás si me pongo en la piel del maestro, mi abuela logre aprender a retener recuerdos. Jugaba a las cartas, a la brisca, para activar su mente. Casi le obligaba a escribir su nombre, el mío o cualquier cosa para que siguiese trabajando el cerebro. Eso sí, creo que nunca olvidó su nombre: Isabel Pérez Alonso.

Tengo más recuerdos sobre su enfermedad. Aquellas pastillas, que hace poco me enteré que eran valiums, para relajarla y así no se levantase a media noche para hacer la comida o lavase la ropa. Pero si hay un recuerdo que tengo muy presente, es el de mi madre cuidando a la suya. Ver como una mujer que sacaba adelante una casa de cuatro personas, además aseaba, cuidaba y mantenía lo mejor posible a su madre. Sin mi madre, mi abuela no era más que un ser sin mente, sin capacidad para mantenerse viva en este mundo.Echo la vista atrás y sólo puedo sentirme orgulloso por ella. No tiene que ser fácil ver como quien te dio la vida ya no se acuerda de ti, descubrir que se ha convertido en un bebé de ochenta años y que sin ti no es nada.

El Alzheimer es una enfermedad dura. No es dolorosa, puesto que el daño físico es inexistente. Sin embargo, resulta dolorosa en lo emocional, tanto para la persona que los sufre como para su entorno. En cuestión de meses, quizás unos años, una persona puede acabar siendo una enferma dependiente que necesita cuidados prácticamente las 24 horas del día. Es una enfermedad crónica, una enfermedad que aún no sabemos cómo acabar con ella. Ponte en la piel de quien lo sufre. Durante un minuto, imagínate que olvidas a tus seres queridos. Imagina que no sabes realmente dónde estás, ni quién eres. Impresiona, ¿verdad?

Hoy es 21 de septiembre, día mundial del Alzheimer. Te he contado mi historia, pero hay muchas más. Muchas historias que ya están escritas y otras que lo están haciendo en este momento. Cruzo los dedos para que en el futuro éstas sean las últimas.

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