Vergüenza equivocada

Esta mañana, el diario online local Gasteiz Hoy publicaba una foto que me ha llamado la atención. En ella se ve una fila bastante grande de personas esperando a ser atendidas por el Banco de Alimentos de mi ciudad (Vitoria-Gasteiz). En la noticia que acompaña la foto, hablan de la vergüenza que sufren muchas de las personas que se encuentran allí, pues se tapan la cara, se ponen capucha o incluso las gafas de sol para no ser reconocidas. La sociedad tiene ese don del rechazo incomprensible ante situaciones duras. Algo de lo que nos deberíamos sentir avergonzados. Yo, el primero.

Me he puesto a pensar en lo duro que debe ser vivir algo así. El tener que aceptar que no puedes mantener a los tuyos y necesitas que otros te ayuden. No debe ser fácil salir a la calle y ponerte en una cola pública para esperar la caridad de otros. Sólo de pensarlo me he sentido mal, así que imagínate lo que tiene que ser vivirlo en tus carnes. Es normal que la gente sienta vergüenza ante esa situación, pero deberíamos hacer lo posible para que no la sintieran. De hecho, esa vergüenza deberían sufrirla otros, los que han conseguido que muchas de las personas que se encuentran en esa cola, en esa foto, vivan esa experiencia terrible.

Ningún hombre o mujer honrados deberían sufrir esa vergüenza. Más bien debería sentirla aquel que les ha hecho sufrir. Aquellos que han recortado sus derechos, que han apostado durante años por obras que no llevan a ningún lado, o que sencillamente han especulado o robado con nuestro dinero. Quienes deberían sentir la auténtica vergüenza son los políticos que día tras día salen a criticarse entre ellos, generando una batalla dialéctica sin valor.

Vergüenza debería darle a nuestro querido alcalde, el señor Javier Maroto. Con una Vitoria-Gasteiz necesitada de un alcalde que apueste por ella al 100%, éste ha decidido pasarse la legislatura a medias entre la alcaldía y su puesto como parlamentario vasco. Él argumentará que así ha dado la cara por los vitorianos en la cámara vasca, para que así sepan que Vitoria-Gasteiz necesita su reconocimiento. Palabrería barata. Cualquier persona hubiese hecho el mismo trabajo sin necesidad de pluriemplearse. Esto no es un juego, ni un pueblo de 10 habitantes. Javier Marotono puede ser el mejor alcalde si además tiee que trabajar como parlamentario y si así lo hace, está infravalorando las labores de los cargos públicos.

Este señor, lleva meses teniendo una cruzada contra los inmigrantes. Dice que son muchos los que vienen de fuera para aprovecharse de las ayudas, concretamente de la Renta de Garantía de Ingresos, también conocida como RGI. Vamos, de forma educada, ha vuelto el discurso de “los moros vienen aquí y viven de mis impuestos”.

Decidió crear un movimiento ciudadano para recoger firmas suficientes para tratar este tema en el parlamento, y las ha conseguido. Se siente orgulloso de esas 40.000 firmas, que están empañadas por una inmensa cantidad de casos de presiones. Mientras él buscaba la forma de que cortar el grifo a las RGI, muchos vitorianos y vitorianas han pasado hambre, y el ejemplo lo tiene en la foto de hoy. En esa cola hay magrebíes y gente de origen sudsahariano si, pero también encontramos gente de aquí, “la que no roba ni se aprovecha de las ayudas y sin embargo no se las dan”.

Es evidente que el Gobierno Vasco, que es el encargado de dar dichas ayudas, debe inspeccionar más los casos. Es cierto que hay casos severos, pero mientras Maroto generaba toda una movilización humana contra esto, la gente ha seguido pasando hambre, pasando frío y toda clase de penurias en la capital de Euskadi. Quizás debía haber trabajado para que, en lugar de Ayudas más justas (que es como se llama su movimiento), se hubiese creado Vitoria Sin Hambre. Por desgracia, Javier Maroto eligió lo fácil, la crispación y la confrontación, que tan bien ha funcionado durante años en la política nacional. Pero cuando tu país funciona mal, está que da asco y necesita una ayuda, lo mejor es aportar unidad.

Es una pena que los que sientan vergüenza tengan que hacer colas por comer, y los que debieran sentirla coman tranquilos en cualquiera de sus múltiples puestos de trabajo. Cosas de la vida moderna. Con su permiso, me vuelvo a Cuba.

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