Día 16

Han pasado ya más de dos semanas desde que nos invitaron a pasar la cuarentena entre cuatro paredes. Algo necesario pero que nos está costando digerir. El ser humano tiene espíritu libre, y aunque algunos deciden vivir en la tranquilidad de su hogar y otros tienen el confinamiento como castigo, lo cierto es que nuestro hábitat es la calle. Aunque he de reconocer que estamos llevándolo mejor de lo que esperaba, al menos la gran mayoría.

Llevo unos días en los que mi trabajo me ha absorbido la gran mayoría del tiempo. Esto es algo que me gusta a ratos, si os soy sincero. El viernes tenía miedo a lo que se me venía encima, porque la Soledad, esas malnacida que tuvo el «detalle» de acompañarme en esta cuarentena, empezó a dar señales de vida. Entre semana no se le escucha, porque la rutina del teletrabajo deja los ratos libres en momentos de desconexión a base de lectura, alguna partida a la videoconsola y a darle forma a estos escritos.

Sin embargo, el fin de semana es un folio en blanco que en esta situación me da mucho miedo. Intento rellenarlo a base de actividades dispares como son la limpieza del hogar, el cuidado de mis plantas, que poco a poco van asomando los primeros brotes, o a tener charlas con mi entorno. Por suerte o por desgracia, este fin de semana ha sido casi inexistente gracias a mi trabajo. Había un proyecto muy bonito sobre la mesa, que nos ha dejado casi sin respiración, pero que nos ha dejado un buen sabor de boca. No sé qué me deparará el siguiente salvo la tertulia semanal con mi buen amigo Álvaro.

Sigo viviendo esta cuarentena como si fuese una pena de cárcel. Sé de mucha gente que lo está utilizando para reconvertirse, para encontrarse a si mismo/a. Son gente a la que envidio, pero ahora mismo no sabría ni cómo enfocar algo así. Todos los días trabajo para apaciguar las aguas de mi cabeza, que normalmente se mueven con marejadilla. Mi olfato me dice que todavía nos quedan unos cuantos días en casa, más de los que pensamos. Cuando llegue la calma chicha, intentaré aceptar ese reto.

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Aunque sé que no es bueno, porque no sé cuándo terminará esto, ya he empezado a redactar en mis adentros una lista de cosas que haré cuando todo esto haya acabado. Abrazar a mis aamistades y a mi familia está en lo más alto de ella. Es curioso, pero nunca había echado de menos algo tan sencillo como eso, un simple abrazo.

También quiero ir al barbero. Y no a un cualquiera, al que para mí es el mejor de todo el gremio. Tendré que coger un bus y hacer cuatro horas de carretera, pero visitar a Daniel en Chamberí es algo que me pide el cuerpo desde hace meses. Y por lo que veo cada día en el espejo, es algo que necesito más pronto que tarde.

Quiero caminar. Creo que podría vivir sin ir de tiendas, sin sentarme en una terraza, pero me apetece mucho caminar. Darme un largo paseo mientras escucho la radio, esa aliada con la que he vuelto a disfrutar en estos días.

Tengo otras cosas en la lista, pero son tan personales que quizás sea bonito mantenerlas ahí, en la sombra.

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Escribir estas líneas me sirve como una forma de desconectar y desahogarme con mi día a día. A veces es difícil expresar tus emociones, tus sentimientos o las ideas en una conversación. Compartirlas por aquí hace que aquellas cosas que me parecen tan grandes en la cabeza se vuelvan canijas cuando se convierten en letras apiladas.

Sé que estos relatos no te dirán nada nuevo, pero compartiéndolos, amigo lector, me siento mejor conmigo mismo. Dándote el placer de ser mi confesor yo gano el don de la paz y de la tranquilidad, todo ello sin necesidad de penitencia alguna.

Me despido hasta el próximo día, que vete tú a saber cuándo será.

PD: sigo siendo optimista.